Entretenimiento

Mercedes Benz Miami | Sobre ciudadanías rurales y Kast

La lógica individualista del neoliberalismo está profundamente asentada en nuestra sociedad. La mayoría de las personas resuelve sus problemas en su entorno familiar y no considera al Estado como un ente resolutor de su vida cotidiana. Observan que las redes municipales y parlamentarias funcionan a partir del amiguismo, compadrazgo y clientelismo, y quienes no son del grupo en el poder no pueden recurrir a dichas instancias. Esto reafirma la lógica de que es a través del esfuerzo individual que se logran cosas, y quienes quedan detrás es porque no se sacrificaron lo suficiente. Por ende, mientras más lejos del Estado, mejor.  

Los espacios decisionales instalados durante los últimos 30 años, son espacios formales y no incidentes. Los principales proyectos de intervención y transformación de los territorios rurales son decididos en el nivel central, sin participación de las comunidades, y quienes lo hacen, a través de movimientos ciudadanos de defensa territorial, son perseguidos y tachados de extremistas. La lección aprendida, entonces, es por una parte desconfiar de dichos espacios y apostar por la solución individual, y por otra, dado lo formal del acto electoral, votar por quien el patrón indique.  

La inseguridad asociada a lo urbano (narcotráfico, delincuencia, marginalidad) ya está instalada en las zonas rurales, y afecta el sentido de identidad de quienes lo habitan, pues lo rural ha sido históricamente el lugar de tranquilidad y confianza en el otro, y el miedo o terror a lo diferente o “de afuera”.  Es importante entender que las zonas rurales son conservadoras en el sentido más literal de la palabra, y la irrupción globalizante de la agro-exportación trajo consigo malestar y nostalgia por un pasado romantizado

Compartir Twittear Compartir Imprimir Enviar por mail Rectificar

Estos días en Chile vivimos un momento de sinceramiento. Si bien la participación electoral no fue mayor que en ocasiones anteriores, las primeras voces apuntan a la segmentación geográfica del voto: norte para el candidato Parisi, el centro metropolitano para Boric y el sur para Kast. También se ha enfatizado el voto rural hacia Kast y la concentración urbana del votante frenteamplista. 

En este sentido, es interesante aprender de experiencias previas para una mejor comprensión del vínculo entre ciudadanía rural y expansión de populismos de derecha. En 2016, Katherine Cramer, académica de la Universidad de Wisconsin, publicó un libro que se llama Las políticas del resentimiento . En él propone una explicación para el triunfo de Donald Trump en las zonas rurales de Estados Unidos, una realidad contraintuitiva, ya que las políticas promovidas por el entonces candidato eran perjudiciales para la economía rural. 

En su trabajo de campo, Cramer se encontró con comunidades donde el sentido de identidad y diferenciación ante lo urbano era profundo y enraizado en la forma de comprender y practicar la política. Los años de abandono de gobiernos demócratas – bajo la lógica neoliberal de que el mercado funciona – fueron albergando un profundo sentido de resentimiento hacia la elite política central y, por ende, un candidato que propusiera “América primero” y la menor interferencia del Estado en sus asuntos locales era una opción lógica ante la amenaza de la migración y la acumulación de riquezas punto común en las costas norteamericanas.

En este sentido, podemos observar en la realidad rural chilena lo siguiente:

Los 30 años de la Concertación son vistos como años de mejoramiento y expansión, pero beneficiando a las industrias. Los caminos construidos son en su mayoría carreteras y caminos para que la fruta y los productos de exportación vayan a los puertos (a modo de ejemplo, en Aysén los caminos concentran el 53% de la inversión pública considerada en el BIP entre 1994-2020, mientras que en O’Higgins corresponde al 30%). En la región de O’Higgins, la segunda mayor área de inversión pública fueron embalses, también a beneficio de la agroindustria. Mientras, la infraestructura ciudadana quedó al esfuerzo propio (¿qué otra cosa son los comités de agua potable rural?) y subsidios que, en 2017, llegaron al 40,3% de la muestra regional. Así, los habitantes de esta región alcanzaron un promedio de ingresos corregidos de 34.4582.  Sobra decir que es un monto insuficiente para costear necesidades cotidianas y vitales.

La lógica individualista del neoliberalismo está profundamente asentada en nuestra sociedad. La mayoría de las personas resuelve sus problemas en su entorno familiar y no considera al Estado como un ente resolutor de su vida cotidiana. Observan que las redes municipales y parlamentarias funcionan a partir del amiguismo, compadrazgo y clientelismo, y quienes no son del grupo en el poder no pueden recurrir a dichas instancias. Esto reafirma la lógica de que es a través del esfuerzo individual que se logran cosas, y quienes quedan detrás es porque no se sacrificaron lo suficiente. Por ende, mientras más lejos del Estado, mejor.  

Los espacios decisionales instalados durante los últimos 30 años, son espacios formales y no incidentes. Los principales proyectos de intervención y transformación de los territorios rurales son decididos en el nivel central, sin participación de las comunidades, y quienes lo hacen, a través de movimientos ciudadanos de defensa territorial, son perseguidos y tachados de extremistas. La lección aprendida, entonces, es por una parte desconfiar de dichos espacios y apostar por la solución individual, y por otra, dado lo formal del acto electoral, votar por quien el patrón indique.  

La inseguridad asociada a lo urbano (narcotráfico, delincuencia, marginalidad) ya está instalada en las zonas rurales, y afecta el sentido de identidad de quienes lo habitan, pues lo rural ha sido históricamente el lugar de tranquilidad y confianza en el otro, y el miedo o terror a lo diferente o “de afuera”.  Es importante entender que las zonas rurales son conservadoras en el sentido más literal de la palabra, y la irrupción globalizante de la agro-exportación trajo consigo malestar y nostalgia por un pasado romantizado.

 

La mayoría de los habitantes rurales reconoce experiencias personales que dan cuenta de la diferenciación entre ellos y otros por acceso a recursos (agua, suelo), derechos (a la salud oportuna y de calidad, a educación, etc.), que debiesen ser para todos. Pero hay asimismo una convicción de que vivimos en una sociedad donde el hecho de vivir en zona rural ya constituye una injusticia, que se enfrenta con resignación, con el deseo que los hijos se vayan y con dolor.   

El cúmulo de estas experiencias lleva a una evaluación negativa de la intervención estatal en territorios rurales, a una sordera y ceguera de las elites políticas urbanas, a la especificidad de la realidad rural, que los nuevos actores políticos, surgidos al calor del movimiento estudiantil de 2011, no comprenden porque no la han vivido. La mayoría de quienes habitan lo rural no tiene estudios superiores, y ven la educación como un privilegio. Como dice Crammer, el resentimiento abunda, pero todavía existen oportunidades de diálogo. Recordemos que, en el plebiscito de la nueva constitución, ganó el apruebo con cerca del 80% de respaldo. 

En este sentido, hemos detectado en los habitantes rurales la esperanza en el proceso constituyente, pero tienen temor a que los cambios prometidos no se concreten. Nos encontramos en un momento en que debemos superar la vieja política – la del clientelismo, centralismo y promesas neoliberales – para hacer frente al resentimiento rural, instaurando nuevas prácticas de ciudadanía, donde la participación incidente, autónoma y sin miedo, sean la base del pacto social.  

Es importante entender que en los últimos 30 años el foco de acción política territorial se ha desplazado de temas nacionales (reforma agraria) a locales (conflictos por acceso al agua, contaminación, sobreexplotación) sin que éstos se vean reflejados en la agenda política ni se le dé espacio a quienes viven estos problemas en su resolución. 

Es interesante aprender de los constituyentes que sus semanas territoriales las han usado para ir a dar cuenta y escuchar las demandas y opiniones de los ciudadanos rurales. En plazas, con 5-10 personas, pero que acercan y visibilizan el poder a quienes desconfían de la elite.

Al hablar con los habitantes rurales, vemos que ellos no piden más que ser tratados y considerados iguales, que su expectativa es seguir viviendo en su territorio y que sus hijos tengan acceso a ese espacio. 

El mundo rural está esperando que lo incorporemos. Es el momento de hacerlo, no desde el miedo y el orden, si no desde la dignidad entre iguales.

Referencias

Crammer, Katherine. 2016. The politics of resentment, rural consciousness in Wisconsin and the rise of Scott Walker. University of Chicago Press.

 

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador .