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El negocio de la música y la marginalidad impuesta

Si buscáramos ejemplos en la industria de la música y de sus abarcadores tentáculos del marketing, podríamos dilucidar similitudes y también diferencias en torno a fenómenos que rozan las aristas mencionadas. Así, notaremos que una vez insertados en el torbellino demoledor de la maquinaria que rige destinos e impone gustos y tendencias, los músicos que alguna vez tuvieron una postura insurgente o militante, rápidamente adoptarán un nuevo ropaje, pero acorde, eso sí, a sus nuevos contratos

La difusión en tiempos recientes de música con amplios códigos que acuden a estéticas machistas, sexistas, socialmente marginales y más, ha generado una asombrosa empatía con determinados grupos de poder que intentan, con marcado interés, abanderarse de un discurso ajeno, pero potencialmente delicioso para sus pretensiones hegemónicas y, lógicamente, desestabilizadoras.

Si buscáramos ejemplos en la industria de la música y de sus abarcadores tentáculos del marketing, podríamos dilucidar similitudes y también diferencias en torno a fenómenos que rozan las aristas mencionadas. Así, notaremos que una vez insertados en el torbellino demoledor de la maquinaria que rige destinos e impone gustos y tendencias, los músicos que alguna vez tuvieron una postura insurgente o militante, rápidamente adoptarán un nuevo ropaje, pero acorde, eso sí, a sus nuevos contratos.

La industria como negocio, no busca solo calidades u originalidad en su aspecto más abarcador y creativo, sino que en un frágil equilibrio se cuecen, danzando sobre una delgada navaja, mecanismos y estrategias que nos inducen, como obedientes robots, al patíbulo cultural en no pocas ocasiones. La masificación exacerbada de valores ajenos a realidades propias, nubla constantemente el hecho de tener conciencia y de continuar aportando a nuestras culturas, tristemente subyugadas, colonizadas y agredidas desde 1492 hasta hoy.

Particularmente, preocupa el ascenso de temáticas de cursilería audiovisual en el enfoque cubano, enfatizando, obviamente, en una mediocre carrera musical conocida por su afinidad con la farándula y los oropeles vistosos. Ahora bien, no pretendo juzgar a seguidores ni a artistas por preferir una determinada línea de trabajo, pero sí alarma sobremanera el desplazamiento forzado de puntales musicales en tiempos recientes. ¿Cómo ha podido decrecer el consumo de música popular bailable en Cuba para dar paso a otros géneros? ¿Es esta una estadística confiable o una estrategia comunicacional bien diseñada? ¿Hasta dónde la industria impone su jerarquía?

Una cuestión necesaria para un análisis serio, sería determinar si esas expresiones han llegado, realmente, a un gran segmento poblacional como se preconiza, y en lo adelante focalizar y escudriñar qué factores determinantes han incidido en ese sentido, pues la exaltación de mensajes de corte sexista, racista y similares no es algo que deba contemplarse con pasividad o como licencias artísticas. ¿Cómo pueden presionar algunos por una sociedad abierta, incluyente y plural y alentar expresiones musicales tan contrarias?

Existe un peligroso ejercicio en redes sociales y publicaciones al coquetear y desvirtuar, con dañina ambigüedad, cuando de nuestra realidad se trata, con el objetivo primario de discordar sobre toda acción de legitimidad que represente nuestra cultura, amén de estilos y fusiones. Es muy cuestionable que plataformas ajenas a procesos culturales cubanos, pero imbuidas en la pseudoindustria del momento, se atribuyan, por ejemplo, luchas sobre la igualdad de género para fustigar determinados discursos a la vez que apoyan campañas de algunos que denigran a la mujer de forma humillante, pero que ¿casualmente? poseen sus líneas de sustento económico y directrices de imagen fuera del país. Es por eso que la exaltación de la marginalidad no deriva de un fenómeno de espiral y consecuencias lógicas en lo musical, sino de un engranaje bien hilvanado que le agrega un velo político con todo propósito.