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#10DocumentosBolivarianos | Una última carta, o el fracaso de las profecías, por Elías Pino Iturrieta

Victor Gill
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@eliaspino

Concluye nuestra selección de documentos escritos por Bolívar con una misiva que envía al general Juan José Flores desde Barranquilla, el 9 de noviembre de 1830. Es un importante testimonio de postrimerías, pues se atreve a pronosticar el futuro de los países recién convertidos en repúblicas y porque muere en Santa Marta ocho días más tarde

@eliaspino

Concluye nuestra selección de documentos escritos por Bolívar con una misiva que envía al general Juan José Flores desde Barranquilla, el 9 de noviembre de 1830. Es un importante testimonio de postrimerías, pues se atreve a pronosticar el futuro de los países recién convertidos en repúblicas y porque muere en Santa Marta ocho días más tarde.

Es la fuente más cercana sobre asuntos públicos que deja antes de su desaparición física. Por consiguiente, puede estimarse como el balance que hace de su trayectoria y de la causa que dirigió. Tal es su trascendencia. Pero, en especial, adquiere relevancia por el panorama que traza sobre la marcha de nuestras sociedades cuando ya él no esté en su seno. Es un punto digno de atención debido a la costumbre que después han tenido esas sociedades, y sobre todo sus políticos e intelectuales, de concederle los dones de una clarividencia infalible. Bolívar es el profeta de Hispanoamérica, según sus panegiristas. El porvenir depende de la atadura de sus anuncios debido a que se cumplen de manera automática desde 1815, cuando redactó la Carta de Jamaica , han remachado hasta la fatiga. El fragmento de esa correspondencia que ahora visitaremos demuestra exactamente lo contrario, es decir, cómo adelantó situaciones que jamás se dieron en adelante, o que apenas se esbozaron sin llegar a los extremos de calamidad que previó antes de dejar el mundo. Resulta insólito que no lo hayan advertido la mayoría de sus estudiosos, cuando se trata de afirmaciones cuyas grietas saltan a la vista.

Leamos el fragmento:

Vd. sabe que yo he mandado veinte años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: 1) La América es ingobernable para nosotros. 2) El que sirve una revolución ara en el mar. 3) La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4) Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. 5) Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. 6) Si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América.

Después de mí, el diluvio. ¿Acaso no es eso lo que quiere trasmitir? Pero no sucederá tal catástrofe, como puede comprobar cualquier análisis de la marcha de la mayoría de las repúblicas hispanoamericanas a partir de 1830, o concretamente después de la desmembración de Colombia. Basta el examen más somero de los puntos que señala, para demostrar el fracaso del héroe cuando asume el papel de oráculo.

El primer punto se puede considerar atinado, si advertimos que se refiere a él y a líderes como él. Es evidente cómo buena parte de los blancos criollos que encabezan la Independencia son arrollados por unas circunstancias que no descifran de manera adecuada, pero la gobernabilidad continental funciona sin mayores escollos, sin desastres susceptibles de referencia, cuando otros políticos, otros administradores y hombres de armas se hacen cargo de la situación.

O llega a estadios de estabilidad y fomento material dignos de atención, como sucede con la gestión que encabeza Páez inmediatamente en Venezuela, o con las propuestas de Santander en la Nueva Granada. Si de una ingobernabilidad que no existe en el futuro puede colegir situaciones de fracaso estrepitoso de los liderazgos, es evidente que alude a una situación personal que nadie puede discutir, pero que conduce a una generalización sin fundamento. En el mismo sentido se puede apuntar sobre la necesidad de marcharse del territorio porque no queda más remedio. Tiene sentido si se advierte como una urgencia individual, pero jamás cuando se plantea como una necesidad colectiva de la dirigencia. A los políticos, a los militares y a los intelectuales que se quedan no les va mal, siguen en el candelero con suerte varia y no pocas veces haciendo un buen trabajo.

Y los oscuros presagios que siguen jamás se concretan. El desfile de tiranuelos “de todos colores y razas” es una exageración, o un prejuicio mantuano, aunque algunos los han divisado debido a la influencia atribuida al presunto profeta.

El temor infundado del padre conduce a fantasías febriles de sus hijos. En adelante gobiernan los llamados a gobernar por la realidad, ajustados a sus requerimientos, productos genuinos del contorno, criaturas legítimas de unos procesos que todavía no estaban en capacidad de crear otro tipo de protagonismos.

Hubo un predominio de lo que debía ser, no de lo que salía de la cabeza de un ilustrado moribundo que ha perdido el poder. Pero, además, ninguno de los imaginados jinetes del apocalipsis  presidió los funerales republicanos que anunció la carta postrera de Barranquilla, ni tampoco la escena fue estremecida por el desenfreno de unas las multitudes de las cuales desconfiaba un líder derrotado, pero que no eran, ni remotamente, tan destructoras como temió. Porque jamás tuvieron la intención de derrumbar el establecimiento, sino de superar sus penurias. De allí que las metrópolis europeas continuaran su merodeo entre nosotros, en la parcela de los negocios ventajosos y en la oferta de sus ideas. Jamás volvió el “caos primitivo”, en suma, ni fenómenos parecidos.

Un sencillo contraste de lo que Bolívar escribe en 1830 sobre las sociedades hispanoamericanas y lo que sucede con ellas después, basta para un entendimiento adecuado de lo que afirma, es decir, para demostrar la inocultable estatura de un desatino, de una comprensión  defectuosa o tendenciosa de la realidad. Pero la mayoría de los análisis del texto, y de otros muchos de los que produjo, no apuntan en la dirección sensata desde el punto de vista de una investigación que pretenda solvencia. No solo porque no relacionan el contenido de la fuente con las circunstancias que la rodean, con los altibajos o con la decadencia de un portavoz en cuya evolución jamás se advierten debilidades, errores y dudas, sino simplemente por la insistencia en concederle la calidad de portavoz infalible e infinito sin posibilidad de rebatimiento.

La serie de análisis documental que ahora concluye ha tratado de hacer lo contrario, con entusiasmo profesional, aunque sin la seguridad de producir convencimientos generalizados. Pero queda, según se espera, como posibilidad de nuevos conocimientos sobre la obra del grande hombre.